ESPÍRITU


Sentido Bíblico de la palabra.

Nuestra palabra “espíritu” viene del latín “spiritus” que se refiere al soplo, al aliento, o bien, del verbo “spirare”: soplar, respirar. Pero sus raíces más significativas para nuestro estudio, están en el griego “pneuma” y en el hebreo “ruah”.
Toda esta relación con el viento nos viene a expresar la idea de moviendo cargado de energía; se mueve aquello que no puede ser atrapado, el aire; y también llama la atención el dinamismo que en él se manifiesta.

Por ser inaprensible da a entender un influjo directo de Dios. El aliento es considerado como el portador de la vida (respirar o morir).
Como aliento, se encuentra lomismo en los seres humanos como en los animales; como energía vital, se ve en el individuo así como en un colectivo.
Este soplo Dios lo da, lo protege, lo quita, y está en su mano el poder darlo de nuevo (Is 42,5; Sal 104,29).

Por otra parte, el espíritu no llega nunca a concebirse como la cualidad más elevada del hombre (como hacen los platónicos), ni es algo que lo distinga del animal; lo que sí se reconoce es que el espíritu es un don de Dios, es algo de origen divino (Is 31,3), está presente en todas partes, y como fuerza dinámica irrumpe en el hombre, lo reviste, o reposa en él (Jue 6,34; Ez 2,2; Jue 13,25) y en ocasiones lo puede llevar a obrar extáticamente (Jue 3,10; Num 27,18).

También el mal destructor es un espíritu enviado por Dios, ya que el A T no conoce ningún poder del mal que sea independiente de Dios (I Sam 16,14-16; Is 29,10).
Con la influencia del helenismo, el espíritu insuflado por Dios al hombre como fuerza vital es contrapuesto al cuerpo, y se consideró como una parte autónoma del hombre; aunque el cuerpo nunca se llegó a considerar como “la cárcel del alma”.

En el A T nunca se llama “espíritus”a los que componen la cohorte celestial; pero en el pensamiento judío en general el término “espíritus” se convierte en denominación colectiva de los seres celestiales; los demonios también son llamados espíritus, a veces con el calificativo de “malos”, o simplemente espíritus.

Se llama “espíritu de Dios” o “espíritu Santo” al espíritu del hombre que procede de Dios, pero también se refiere a una entidad extrahumana que actúa de modo autónomo y que realiza la obra de Dios sobre la tierra (la creación, la profecía…)

Con la manifestación del Espíritu Santo en Jesús, aparecen las verdaderas dimensiones del espíritu humano y de los espíritus que pueden animarlo.
Jesús es quien pone al descubierto los espíritus malos y sus ardides (Mt12, 28; Mc 1,23-27), Jesús manifiesta su poder sobre ellos, y con el poder del Espíritu los expulsa y les da a sus discípulos este poder (Mc 6,7).

Reconocer el Espíritu de Dios no es renunciar a la propia personalidad, sino conquistarla y reafirmarla más auténticamente; cuando el espíritu del creyente es habitado por el Espíritu de Dios, entonces se reaviva su condición de hijo de Dios y puede llamar a Dios “Abbá”, se une a Cristo y participa de la condición divina; entonces el espíritu humano lleva una existencia motivada por Dios mismo, y se da la espalda a todo aquello que se le contrapone.

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