LA LITURGIA


LOS GESTOS Y LAS POSTURAS


¿Por qué estas posturas?


Habrá quien piense que es más cómodo llegar al templo y colocarse cómodamente en una banca y esperar a que entre el sacerdote, realice el rito y se retire, mientras se le contempla desde un lugar. Pero debemos considerar que nuestro cuerpo también reza, nuestro cuerpo también participa.


No podemos dejar la corporeidad a un lado y sólo participar de palabra, de la dignidad de permanecer en pie y que el grueso de la celebración transcurre de esa manera.

Permanecemos sentados en algunos momentos en los que podemos descansar, reflexionar y escuchar atentamente las palabras que hablan de la Palabra, y del momento en que permanecemos de rodillas. Al hacerlos, manifestamos también una unidad gestual que habla de participación comunitaria, de intención, de sensibilidad y de lenguaje común, pues celebramos en comunidad, somos familia y como tal nos identificamos.


Si en nuestra parroquia contamos con monitores o diáconos, podemos, según lo establecido en el Misal, apoyarnos en ellos para fomentar la unidad gestual, con las debidas indicaciones.


Día con día la postura de rodillas se ha visto relativizada en algunas de nuestras parroquias. La conveniencia de hacerla radica en que este gesto, habla de humildad, de abajamiento, de postración delante de Aquél que viene a entregarse por todos. Esta postura, que ha sido privilegiada por siglos para la reflexión y la oración, nos pone en sintonía con lo que estamos viviendo: Una invocación al Espíritu Santo para que Cristo descienda sobre el pan y el vino y los transforme en su Cuerpo y su Sangre. Misterio que se realiza delante de nosotros, de forma invisible para los ojos pero sensible en nuestro interior, luego, nos postramos y adoramos.


De cualquier manera, quienes por motivos de salud o imposibilidad deban permanecer de pie (sin olvidar la dignidad de esta postura) podrán realizar una inclinación profunda que es más que una simple reverencia con la cabeza, es encorvar nuestro cuerpo (tronco y cabeza) hacia delante.


Al decir que nuestro cuerpo habla y reza, afirmamos que nuestros movimientos, habitualmente mecánicos y hasta indistintos, se tornan ahora significativos. Al levantar las manos con las palmas hacia arriba, estamos mostrando oración, veneración petición. Al darnos la mano o un abrazo de paz, no estamos simplemente saludando al vecino o apapachándonos en tono de compadrazgo; estamos diciendo con nuestras manos y con nuestro cuerpo: Que la paz de Cristo esté contigo, al tiempo que este mensaje se transmite de unos a otros, de manera que nos unimos en un mismo deseo de paz. Caminamos al encuentro del Señor y nos dirigimos hacia Él en el momento de la comunión.


Quienes juntan sus manos al comulgar, muestran veneración, respeto y recogimiento delante de nuestro Señor a quien, dicho sea de paso, jamás hemos de recibir con los brazos cruzados o con las manos dentro de los bolsillos en tono de total indiferencia.


La reflexión y oración luego de la comunión puede ser de pie, sentados o de rodillas, siempre mostrando recogimiento, veneración y silencio, sabiendo que acabamos de recibir al Señor.

Es de extrañarse las conductas de quienes, en la fila hacia la comunión van platicando y riendo, o luego de comulgar van a saludar a la amistad y se detienen con ella a platicar "en lo que los demás comulgan, al cabo que no me sé el canto del coro..."


Nuestra postura, gestos y movimientos hablan de nuestra disposición, al tiempo que nos ayudarán, pues, a vivir mejor la celebración y a dar mayor culto a nuestro Señor Sacramentado. Baste con realizarlos concientes, plenos y bien dispuestos. El ejemplo arrastra.


Fernando José García Anaya

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